Mostrando las entradas con la etiqueta romance. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta romance. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de mayo de 2020

MEU PRIMEIRO BEIJO DE AMOR (NãO NOSSO, MEU)



Levantei da carteira. Fui atrás dela, que tinha ido jogar algo na lixeira. A professora nos olhou pelo canto do olho. Lu virou a cabeça para mim ao sentir minha presença. Ficou surpresa por eu ter andado atrás dela sem qualquer motivo. Franziu a testa, abriu os olhos. Voltou. Eu também. Virou de novo, mais estranhada ainda, mais que a professora, mais que todos os colegas juntos que acompanhavam a cena. Sentou. Eu ia sentar, mas parei. Não sei pra que. De repente, inclinei o corpo, me aproximei dela e a beijei na bochecha. Todo mundo ficou pasmo, ainda mais eu. Lu virou a cabeça. Pude ver seus lábios entreabertos, os dentinhos de coelho, a carinha feito ponto de interrogação. Tensão na sala. Todo mundo aguardando os acontecimentos. Vai bater, vai bater, ouvi de mansinho por ali. Me senti tão ameaçado nesse momento, mas a carinha linda dela foi mudando. Aos poucos, o movimento dos lábios dela foi engordando-lhe as bochechas e seus olhos começaram a ficar mais puxadinhos. Feito planta que pega chuva após a seca, fui retornando à minha posição vertical e a sala foi se iluminando conforme o rosto dela ia sorrindo. Aí, todos os colegas começaram a gritar eeeeee... Houve até quem batesse umas poucas palmas. A professora, longe de reclamar meu comportamento, os olhos cheios de meiguice, olhava a cena de lado. Como eu era ousado aos oito anos...

©LevAlbertoVidal/set2019


lunes, 13 de mayo de 2019

ETE QUELO

            
                                                                foto: LevAlbertoVidal

           
Desde que recuerdo, he acompañado a mamá al mercado a hacer las compras semanales para la casa. Cuando era niño, siempre buscaba las uvas y apuntando hacia ellas decía: ete quelo. Las otras frutas no me interesaban. Era una cuestión de tamaño. Me explico: para comer una manzana hay que abrir grande la boca y morder con fuerza para arrancarle un pedazo; eso suena como un bloque de hielo desprendiéndose de una montaña. Luego, un ejercicio de trituración que te lleva a hacer unas muecas espantosas. Para comerte una uva, sólo abres un poquito la boca, masticas discretamente y ¡listo!

Con el tiempo, fui desarrollando una pasión por esta fruta y por su derivado, el vino, que hoy utilizo como arma mortífera cuando de seducir se trata. Arma que se vuelve contra mí cuando encuentro una mujer que sabe de vinos. Más que pasar a emborracharla lenta y dulcemente, la enamoro mientras intercambiamos información sobre las cepas, los barriles, los aromas, los lugares de fabricación, etc. La verdadera fermentación alcohólica no ocurre en mi cerebro, sino en mi corazón.

Es muy común que en el primer encuentro entre un hombre y una mujer que se gustan haya una botella de vino de por medio. Éste no fue la excepción. Siempre que ensayábamos con la banda nos veíamos y nos comíamos de deseo. Mi tipo: blanca, ojazos negros, cabello negro enrulado, labios naturalmente rojos, un pelín más alta que yo, gruesita me gusta la carne, no chupar hueso. Mientras ella cantaba, yo, desde la batería, me imaginaba cabalgando esa potranca salvaje porque sabía que lo era mientras agitaba en círculos una camisa a cuadros.

Sonrisitas durante las canciones, miradas bien encendidas entre ellas; le enviaba un pico cuando nadie me veía; ella me respondía con una bailadita recoqueta en la siguiente canción.

Una noche, después del ensayo, la invité a tomar un vino. Ven a mi casa el viernes a las nueve, me citó. Fui. Salud, por nosotros, por nuestra banda, por tocar en vivo cuanto antes, por grabar un disco cuanto antes, por ser ricos y famosos, por besarte cuanto antes… Sucedió. Me llevó de la mano a su cama. Sobre la mesita de noche, un plato de uvas verdes, grandes, húmedas aún.

¿Y eso?, pregunté.
Me ganaste. Quería comerlas antes de que llegaras. ¿Te provoca?
Si me las pelas, respondí.
Se echó a reír… Luego se echó sobre la cama y se puso un par sobre la barriga.
‒Escoge…
Ete quelo.
            
Y toqué su ombligo con la punta de la lengua.

©LevAlbertoVidal/24ene2016

jueves, 14 de febrero de 2019

EN SU CUARTO

                                                                      foto: LevAlbertoVidal


Entramos a su cuarto.
     
Huele a él, desde que abres la puerta. Enorme, comparado con la ratonera que es el mío, donde apenas caben una cama de plaza y media y cinco vestidos en el armario. Éste guarda tantas cosas como recuerdos caben en la memoria, como eventos puedas evocar.
     
Una cama de dos plazas, sin cabecera. El cubrecama del mismo gris de la pared del fondo y un par de cojines rojo y negro. Me gustó ese detalle. Una estantería en la pared con metros de cds y un equipo de sonido de esos antiguos, con cd player, parlantes y otros aparatos que no sé bien qué son. Algunas pelis por ahí, todas piratas -que reconocí por las bolsitas transparentes- y una tele de catorce pulgadas -¡catorce pulgadas!- sobre un rack. Está estratégicamente colocada al centro de la pared para verla desde cualquier rincón del cuarto, me dice. Con binoculares, claro, apunto. Sonreímos.
     
Libros al lado opuesto de la cama: economía, cuentos, poesía, política; en diferentes idiomas y tamaños, viejos y nuevos. Un lindo escritorio de aluminio y vidrio y sobre él útiles por montones; papeles a medio escribir a lápiz, un reloj pulsera, monedas, un sinfín de cosas. Al lado, un estante que alberga más libros, fólderes, revistas y otras chucherías. Toda una Cachina.
     
No hay cuadros en las paredes. Sólo una gran ventana, que le pido cerrar -para sentirme más cómoda-. Prende el equipo, pone música suave, me parece que de su época -para relajar el ambiente, supongo-. Me pregunta si quiero agua, un trago, un dulce, algo. ¿Un dulce? Sonrío levemente. Al instante, conteniendo la respiración y achinando un poquito los ojos, como extrañada, muevo negativa y casi imperceptiblemente la cabeza. Deja las llaves del auto y su billetera sobre el escritorio. Aprovecho para hacer un tres sesenta rápidamente. Voy confirmando algunas cosas que me había contado y entendiéndolo un poco más. Me mira, me invita a sentarme con un gesto gentil y tímido de su brazo. Nos sentamos en la cama. Hace rato que nos miramos y nos acariciamos las manos. ¿Estás bien?, pregunta. Normal, sí, respondo. Hace rato que temblamos. Anda, ¡bésame ya!

©LevAlbertoVidal/2016