lunes, 13 de mayo de 2019

ETE QUELO

            
                                                                foto: LevAlbertoVidal

           
Desde que recuerdo, he acompañado a mamá al mercado a hacer las compras semanales para la casa. Cuando era niño, siempre buscaba las uvas y apuntando hacia ellas decía: ete quelo. Las otras frutas no me interesaban. Era una cuestión de tamaño. Me explico: para comer una manzana hay que abrir grande la boca y morder con fuerza para arrancarle un pedazo; eso suena como un bloque de hielo desprendiéndose de una montaña. Luego, un ejercicio de trituración que te lleva a hacer unas muecas espantosas. Para comerte una uva, sólo abres un poquito la boca, masticas discretamente y ¡listo!

Con el tiempo, fui desarrollando una pasión por esta fruta y por su derivado, el vino, que hoy utilizo como arma mortífera cuando de seducir se trata. Arma que se vuelve contra mí cuando encuentro una mujer que sabe de vinos. Más que pasar a emborracharla lenta y dulcemente, la enamoro mientras intercambiamos información sobre las cepas, los barriles, los aromas, los lugares de fabricación, etc. La verdadera fermentación alcohólica no ocurre en mi cerebro, sino en mi corazón.

Es muy común que en el primer encuentro entre un hombre y una mujer que se gustan haya una botella de vino de por medio. Éste no fue la excepción. Siempre que ensayábamos con la banda nos veíamos y nos comíamos de deseo. Mi tipo: blanca, ojazos negros, cabello negro enrulado, labios naturalmente rojos, un pelín más alta que yo, gruesita me gusta la carne, no chupar hueso. Mientras ella cantaba, yo, desde la batería, me imaginaba cabalgando esa potranca salvaje porque sabía que lo era mientras agitaba en círculos una camisa a cuadros.

Sonrisitas durante las canciones, miradas bien encendidas entre ellas; le enviaba un pico cuando nadie me veía; ella me respondía con una bailadita recoqueta en la siguiente canción.

Una noche, después del ensayo, la invité a tomar un vino. Ven a mi casa el viernes a las nueve, me citó. Fui. Salud, por nosotros, por nuestra banda, por tocar en vivo cuanto antes, por grabar un disco cuanto antes, por ser ricos y famosos, por besarte cuanto antes… Sucedió. Me llevó de la mano a su cama. Sobre la mesita de noche, un plato de uvas verdes, grandes, húmedas aún.

¿Y eso?, pregunté.
Me ganaste. Quería comerlas antes de que llegaras. ¿Te provoca?
Si me las pelas, respondí.
Se echó a reír… Luego se echó sobre la cama y se puso un par sobre la barriga.
‒Escoge…
Ete quelo.
            
Y toqué su ombligo con la punta de la lengua.

©LevAlbertoVidal/24ene2016

jueves, 14 de febrero de 2019

EN SU CUARTO

                                                                      foto: LevAlbertoVidal


Entramos a su cuarto.
     
Huele a él, desde que abres la puerta. Enorme, comparado con la ratonera que es el mío, donde apenas caben una cama de plaza y media y cinco vestidos en el armario. Éste guarda tantas cosas como recuerdos caben en la memoria, como eventos puedas evocar.
     
Una cama de dos plazas, sin cabecera. El cubrecama del mismo gris de la pared del fondo y un par de cojines rojo y negro. Me gustó ese detalle. Una estantería en la pared con metros de cds y un equipo de sonido de esos antiguos, con cd player, parlantes y otros aparatos que no sé bien qué son. Algunas pelis por ahí, todas piratas -que reconocí por las bolsitas transparentes- y una tele de catorce pulgadas -¡catorce pulgadas!- sobre un rack. Está estratégicamente colocada al centro de la pared para verla desde cualquier rincón del cuarto, me dice. Con binoculares, claro, apunto. Sonreímos.
     
Libros al lado opuesto de la cama: economía, cuentos, poesía, política; en diferentes idiomas y tamaños, viejos y nuevos. Un lindo escritorio de aluminio y vidrio y sobre él útiles por montones; papeles a medio escribir a lápiz, un reloj pulsera, monedas, un sinfín de cosas. Al lado, un estante que alberga más libros, fólderes, revistas y otras chucherías. Toda una Cachina.
     
No hay cuadros en las paredes. Sólo una gran ventana, que le pido cerrar -para sentirme más cómoda-. Prende el equipo, pone música suave, me parece que de su época -para relajar el ambiente, supongo-. Me pregunta si quiero agua, un trago, un dulce, algo. ¿Un dulce? Sonrío levemente. Al instante, conteniendo la respiración y achinando un poquito los ojos, como extrañada, muevo negativa y casi imperceptiblemente la cabeza. Deja las llaves del auto y su billetera sobre el escritorio. Aprovecho para hacer un tres sesenta rápidamente. Voy confirmando algunas cosas que me había contado y entendiéndolo un poco más. Me mira, me invita a sentarme con un gesto gentil y tímido de su brazo. Nos sentamos en la cama. Hace rato que nos miramos y nos acariciamos las manos. ¿Estás bien?, pregunta. Normal, sí, respondo. Hace rato que temblamos. Anda, ¡bésame ya!

©LevAlbertoVidal/2016

lunes, 14 de enero de 2019

MI PRIMER BESO

    
                                                      foto: LevAlbertoVidal/Curitiba2019


     -Estábamos bailando Love so right, ¿recuerdas ese tema? 
     -Temón, comparito, los Biyís… Ya, ¿y? 
     -Ya habíamos bailado otros lentos y movidos, así que había un clima bacán. Y claro, era más que obvio que los dos queríamos. Pero en esos años, las cosas eran diferentes, como recordarás. Había que declararse a la chica, decirle que le gustabas, preguntarle si quería ser tu enamorada… 
     -¡Paja esos tiempos! 
     -Sí brother, ese feeling ya no existe… 
     -¡Sigue contando, pe! 
     -Ya bueno. Le caí, pues. Le dije que desde hacía tiempo me gustaba, que la recordaba durante la semana, en el recreo, en la clase -tanto que un par de profes me hicieron roche en el salón-, en casa viendo tele -y mamá me decía oye cierra la boca- y finalmente le pregunté si quería ser mi enamorada. Dijo que sí y nos besamos. Puta, que rico beso… Si ya su perfume me tenía huevón, ese primer beso fue el clímax. Tú que vas a saber pues, si nunca has chapado así… 
     -Calla huevón! Sssss, tengo pa enseñarte… Jajajaja! ¡Salú!
    -Oye, esos labios compadre… qué carnecita más rica, qué boca tan mojada, qué lengüita tan golosa… y luego esos cachetitos tan gorditos y suavecitos… Uy, suavecito me resbalé hacia su oreja izquierda, como explorando el lado que no se ve de la Luna… y la abrazaba un poquito más fuerte y iba subiendo más mis brazosacaricié sus orejas con mis pulgares y la miraba hecho un imbécil y ella echó la cabeza para atrás y cerró los ojos, brother, y le zampé otro beso y ella me devolvió unos arañoncitos en la espalda… Asu, no sabes… yo estaba sorprendido, no imaginaba mi cuerpo reaccionando de esa manera, con tanto cariño, sin morbo, ¿puedes creer?… 
     -Yo sé, compare, así me templé de mi ñori 
     -Mira cuántas licencias te daba una declaración; antes de eso, nada…  
     -No me cambies de canal, pe compare… 
     -Bueno, y nos hicieron un rochesazo porque la canción ya había terminado y nosotros seguíamos bailando, este… bueno, es un decir, ¿no? Estábamos en medio de la sala y la gente uuuuuuuuuuu, metiendo chongo, nos prendieron la luz y ella con la cara roja pero ahí a mi lado brother, no se refugió donde las amigas… En fin… ¿Cómo vas a hacer eso ahora en una casa? No way, brother 
     -Menos tú, guón, que te computas el finuri…  
    -Oe, suave oe, yo toda la vida he sido un caballero… ¿O no te acuerdas que las mamás de mis amigas decían “ay, qué lindo es el Cholito, ¿no?, bien educadito es”  
     -Jaja… sí, claro, educadito… 
    -En aquella época era flaco, ¿te acuerdas?, usaba una peluquita escondida debajo del cuello de la camisa mientras estaba en el colegio y me la soltaba apenas salía. Un montón hacíamos eso. Los jeans, apretados arriba y unas campanas enormes abajo que tapaban los makarios, ¿te acuerdas que usábamos makarios? Taco ocho, creo, unas tabazas. Felices los chatos, jajaja. Bueno, cualquiera, ¿no? Y las camisas…  
     -¡Ta que feas eran tus micas! 
    -¡Sí, horribles! Jajaja, quería pegarla de psicodélico y no pasaba de huachafo, jajaja. Pero me gustaba bailar, no como ahora que tengo que embalarme una de vodka primero. Y era mandado. Y feliz, hermano, más feliz que un zancudo picando a un muerto fresco. 
     -Oe, ¿y la hembrita, qué fue? 
    -No sé… le perdí el rastro. Qué huevada, ¿no? Tanta chamba, tanto feeling, tanta onda, tanto encantamiento y dos semanas después viene otro huevón y te quita la costilla… ¡Y ella no hace esfuerzo alguno de resistencia, hermano! Por último, de compasión hacia tu persona, ¿no? Le dice que sí y se esfuma de tu vida.  
     -Puta, compare, se han visto casos, ah? 
     -Si tú lo dices, por algo será… 
     -Fuera huevón! Jajaja. 
    -Bueno, si pues, es la vieja historia del mundo… Por eso prefiero estar sólo, brother; para malas compañías, el diablo. 
    -¡Buena compare, tons salú, pe! 
    -¡Seco y volteao! 

©LevAlbertoVidal/feb2016 

LA GATA

Hola, 
Te paso este link del que puedes bajar gratis el primer capítulo de un libro que lleva tu nombre como parte del título. 
Me gustó mucho, ojalá que a ti también. 
Saludos. 

Diez minutos después, ella vendría hasta mi cubículo de trabajo -donde me encuentro atornillado frente a la pecé-, me sorprendería por la espalda tomándome los hombros con ambas manos, luego rodeando mi cuello con ambos brazos y ladeando su largo y bien cepillado cabello hacia el lado izquierdo -produciéndome un escalofrío al rozarme con su arete- para estamparme un sonoro beso en la mejilla izquierda. Sorprendido, yo voltearía el rostro, instante que ella aprovecharía para propinarme un jugoso beso en la boca, así de medio lado y frente a todos en la oficina. Al retirar su boca de la mía, su nariz de la mía, su cara de la mía, tendría sus ojos delante de los míos, su sonrisa delante de mi estupor, su alegría delante de mi incredulidad y su perfume adormeciéndome. Acto seguido, yo giraría mi silla de trabajo ciento ochenta grados para verla alejarse de mí, caminando como una gata apetente y sin compasión alguna por ninguno de los boquiabiertos colegas de trabajo que verían la escena. La estocada final sería voltear hacia mí, decirme “gracias” en mudo, guiñarme un ojo y bambolear sus cabellos. 

Diez minutos después, vino. Se apareció por detrás mío, sí. Se dirigió a mí, sí, y me preguntó ¿quieres uno? sin que yo pudiera, debido a la abstracción en que me encontraba, darme cuenta de su presencia. Sorprendido, volteé el rostro y vi la cajita de chocolates abierta frente a mí. Levanté la mirada. Ella sonreía. Hice un reconocimiento del terreno. Todo su cuerpo reposaba en su pierna derecha. Una mano sujetaba la cajita; la otra, se apoyaba en la cintura, haciendo escuadra con el brazo. Gracias, dije descomputado, sin atinar a nada más. Al contrario, gracias a ti, dijo casi susurrando; luego me dedicó un guiño y se fue. Giré mi silla de trabajo ciento ochenta grados para verla alejarse de mí y para seguir emborrachándome con tan edénico perfume. Efectivamente, a su paso dejó boquiabiertos -y además picones- a todos mis colegas de trabajo que veían la escena y que empezaron a reclamar sus chocolates. La estocada final fue el bamboleo de sus cabellos como consecuencia de un giro arrogante de cabeza seguido de un empinamiento de su nariz. 

No fue lo mismo, pero fue igual. 

©LevAlbertoVidal/06jun2016