Tertulia de poetas en su salsa.
Auditorio del Centro Cultural de la Municipalidad de Jesús María, 7 p.m.
Gracias a Roberto Rios del Águila por la invitación a leer.
Tertulia de poetas en su salsa.
Auditorio del Centro Cultural de la Municipalidad de Jesús María, 7 p.m.
Gracias a Roberto Rios del Águila por la invitación a leer.
foto: Rose Falcão
Les comparto, con alegría infinita, la publicación de mi novela “Las Miradas”.
El camino para escribirla fue largo y tuve que asumir varios costos, pero rico para crear a los personajes, desafiante para retratar sentimientos y situaciones, y generoso para aprender mucho de mí mismo.
Esta es mi hija, que sacó lo mejor de mí
durante casi cuatro años. Ahora toca verla crecer.
De venta en librerías:
- Communitas (Av. 2 de mayo 1690, San Isidro)
- Escena Libre (Av. Camino Real 1075, San Isidro)
- El Virrey (Bolognesi 510, Miraflores)
Compras on line: Las miradas – Grupo Editorial Caja Negra
(c)LevAlbertoVidal/oct2022
‒Hola amor, ¿qué tal tu clase?
‒Pucha, una maravilla, como siempre. Ese profe es lo
máximo. ¿Y tú?
‒Bien, esperándote… te preparé lo qu…
De
repente, frunció el ceño, arrugó la nariz, pensó
por dos segundos y…
‒¡Hueles a procesión!
Se
acercó más a mí, puso su nariz sobre mi hombro, me olfateó las costuras, los botones
y el cuello de la camisa, revisó el bolsillo, subió hasta mi cuello ‒que despreció impunemente, cosa extrañísima en ella‒, alejó presurosa la nariz y fijó sus ojos en los
míos, preguntándome con aire de desconfianza, manos en la cintura y seguramente
maldiciéndome en sus adentros:
‒¿Dónde has estado?
Los
ojos se me fueron hacia atrás. Con un movimiento robótico, levanté el brazo
derecho hacia ella, mostrándole la muñeca.
‒Huele, dije.
Dudó,
pero lo hizo.
‒¡Dios!, ¿qué es esto?
‒La respuesta a tu pregunta.
‒¡No respondiste dónde has estado!
Y
ladeó la cara y aleteó los brazos en ángulo, como gallina que se espanta.
Le
conté que en el taller de escritura habíamos utilizado olores como estímulo
para escribir.
‒¡Noooo…, qué lindo ejercicio!, ‒dijo, enseñándome por millonésima vez ese trabajo de
orfebrería fina que dentista alguno ha hecho jamás en dientes humanos. ‒Vamos a la mesa y me sigues contando.
Desde
que llegué a casa, había dejado de pasarme la mano por las fosas nasales
intentando en vano quitarme ese maldito olor. Maldito, digo, porque ni la
fricción con la mano, ni agua con jabón, ni alcohol, ni el par de cigarros que
fumé lograron ayudarme en mi propósito. Primero fue como un pachuli, luego olía
a uniforme de mecánico, a escape de gas, a orines en la calle y cuando llegué a
casa, a procesión.
Fui
al baño para intentar una vez más acabar con la tortura. Me metí
infructuosamente el índice en ambas fosas nasales, girándolo como si quisiera
entornillarlas a la pared y sólo logré arañármelas y arrancarme unos pelos. Me
consolé lavándome las manos y oliendo el aroma a rosas del jabón.
Entré
a la cocina. El olor de la comida me jaló de la nariz hacia la mesa. Ella
volteó hacia mí llevando en las manos un enorme plato de tallarines verdes con
bistec, humeante, tan incitante como sedicioso, que devoré de una sola
inhalación.
Antes
del postre, mi mujer hizo el ademán de pararse, me cogió el rostro con ambas
manos y se aproximó a mí. Olió. Sonrió y me echó una de sus miradas, esa de adolescente
escribiendo en su diario cosas sobre nosotros, y mirándome, me estampó el beso
más tierno en la punta de la nariz.
‒¿Todo bien, amor?
‒Todo…. sí.
©Lev Alberto Vidal/28oct2015
©LevAlbertoVidal/set2019
En el lugar,
te cuentan que las tortugas marinas habitan esa zona hace mucho tiempo y que
luego de la construcción del embarcadero y del desarrollo de los menesteres
pesqueros, su curiosidad las empujó a acercarse a la playa, al punto de ser hoy
su principal atractivo y eje del comercio turístico de la zona.
¡Vieran cómo los niños de toda edad se bañan junto a ellas!
Yo, que no
tan en el fondo también soy un niño, me uní al grupo de bañistas. Confieso que
fue muy incómodo. Tenía la sensación, cuando pasaban cerca de mí, de que me
morderían los pies; por eso me bañaba en cuclillas. Y las pequeñas ondas que
generaban a su paso ‒¿o debería decir nado?‒ me producían unos escalofríos tremendos. Mi consuelo era
pensar que habiendo tantos pies alborotados, no mordería justamente los míos.
Diez minutos
estoicos fueron mi prueba de valor. Salí del mar, caminé por el muelle en
dirección a la orilla y me bañé ‒ahora sí‒ lejos de ellas, relajado. Me revolqué en la arena desde los
pelos hasta las patas y me zambullí repetidas veces en ese mar de Dios, que de
seguro, es una idea muy próxima de lo que me espera en el paraíso.
Quise ponerle nombre cuando le dije “éste es tu sitio”, al lado de la laptop. Diez meses después sigo pensando. Si fuera mi hija, porque asumo que mi tortuguita es hembra, ya habría decidido su nombre con anticipación y a la mierda los demás que vinieran a decirme ponle así, ponle asá… Pero es, sencillamente, otro de tantos recuerdos que tengo sobre mi escritorio, ya con cara de mostrador de mercachifle. Sin embargo, me mira, con resignación creo. Vive a la espera, moviendo la cabeza al compás de la bocanada que entra por la ventana. Es mi compañera de tipeo. Vemos telenovelas colombianas en YouTube. Se come las migajas que caen al escritorio cuando como pan. Y duerme tarde, como yo.
Cómo, pues, le vas a poner un nombre pescao del aire, mijo…